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"Nada podemos esperar sino de nosotros mismos"   SURda

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19-02-2018

 

Cuba y Venezuela/I, II

Obra de Franklin Álvarez

 

 

SURda

Opinión

Cuba y Venezuela

Guillermo Almeyra / I


Para ver cuál es la situación en Cuba y en Venezuela independientemente de los errores y logros pasados y presentes de sus respectivos gobiernos hay que ver antes que nada la continua agresión de los gobiernos de Estados Unidos, en violación constante de la legalidad internacional.

En efecto, sólo el bloqueo estadunidense le costó hasta ahora a Cuba más de 130 mil millones de dólares. Si tenemos en cuenta que Cuba tiene actualmente un poco más de 11.5 millones de habitantes, eso significa una carga per cápita de 113 millones y medio de dólares, niños incluidos.

La isla, además, tuvo que cambiar dos veces toda su tecnología: la primera, a causa del bloqueo de Estados Unidos, que la forzó a sustituir en los sesenta las máquinas que carecían de repuestos por otras de tecnología soviética, generalmente menos eficaces o incluso inútiles (Checoeslovaquia le vendió a La Habana en los sesenta nada menos que una barrenieve) y la segunda, cuando se derrumbaron la Unión Soviética y su bloque supuestamente socialista y en los años noventa hubo que pagar en efectivo máquinas, insumos industriales y patentes de los países que aceptaban comerciar rompiendo el bloqueo y exponiéndose a sanciones yanquis.El bloqueo impuso igualmente hambrunas y una falta de vitaminas que producía ceguera y, además, reforzó enormemente una costosa burocracia y el necesario desvío de las escasas divisas hacia la defensa.

La escasez genera burocracia y desigualdades en la distribución, privilegiando a quienes deciden. Por su parte, la obligación impuesta a la isla de dedicar miles de sus mejores y más productivos jóvenes a las fuerzas armadas y a los servicios defensivos, además de restarle brazos a la producción reforzó también la centralización vertical, el decisionismo, la naturalización de los métodos de mando a costa de la democracia, el conservadurismo propio de los aparatos militares, pues en ellos no hay posibilidad alguna de crítica de los subalternos, y hasta los privilegios de casta.

Sobre todo, estableció una falsa lista de prioridades nacionales y subordinó la agroganadería y obtención de la soberanía alimentaria a la defensa y la importación de bienes industriales y, desde los noventa, el fomento del turismo, que necesita inversiones cuantiosas y también importar productos de lujo para satisfacción no del pueblo sino de los visitantes y, además, desarrolla el consumismo y los valores burgueses por no hablar de la prostitución, la corrupción, la delincuencia.

Donald Trump acentúa ahora esa agresión rechazando las resoluciones de las Naciones Unidas que condenan el bloqueo a Cuba como Hitler y Mussolini rechazaban hace 80 años las resoluciones de la Sociedad de las Naciones contra su intervención en España junto a los rebeldes franquistas que asesinaron la República Española.

Lo hace en el mismo momento en que se produce un cambio importante en Cuba e hipoteca así al gobierno de la generación posterior a los revolucionarios de los cincuenta obligándoles a aumentar los gastos de defensa a costa de la reconstrucción de los daños provocados por el huracán Irma (y de la previsión de los nuevos y peores desastres que provocará el recalentamiento global) y a postergar la necesidad de la juventud cubana de una mejor alimentación y de una solución rápida al problema de la falta de vivienda y de trabajo calificado.

Cuando Raúl Castro abandone sus cargos estatales después de las elecciones del 11 de marzo, pasándolos presumiblemente a manos de Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, actualmente vicepresidente primero, habrá un recambio generacional y un cambio de mentalidad. Los nuevos dirigentes nacieron después de la revolución de 1959, no conocieron el pasado capitalista y batistiano ni la corrupción anteriores y, después de una infancia sin problemas demasiado graves hasta los setenta, sólo vivieron desde entonces crisis internacionales y graves problemas en la isla para cuya comprensión estaban muy poco preparados debido a la influencia antimarxista, burocrática, nacionalista y estatalista de la educación soviética que casi asfixió la rica vida cultural cubana de los primeros años de la revolución.

Hoy cuatro tendencias se enfrentan esquemática y sordamente en el Partido Comunista cubano y sus entornos. Una, muy minoritaria, sigue creyendo en la posibilidad de aguantar en Cuba hasta que haya un cambio en la situación internacional más favorable a la superación del capitalismo de Estado actual y de las restricciones a la democracia en el país y en el partido. Otra, conservadora, burocrática, persigue el imposible mantenimiento del actual régimen, que los ataques de Trump a Cuba y a Venezuela desestabilizarán aún más. Esta tendencia es particularmente fuerte en sectores del Estado y de las empresas estatales y paraestatales de las que sus partidarios extraen privilegios.

Hay también una amplia capa de la burocracia que busca ampliar y respaldar jurídicamente sus privilegios como lo hicieron sus homólogos de Europa oriental, y que sueña con convertirse en capitalista a la Gorbachov o la Yeltsin acercándose a Washington y al exilio burgués y expropiando en su beneficio los bienes comunes. Por último, está la intelectualidad progresista que gira alrededor de Cubadebate (antes Espacio Laical, de la jerarquía católica, pero ahora independiente) con posiciones democráticas y socialistas variadas que cuentan con la participación de gente durante años marginada que apoyó a Pensamiento Crítico, clausurado, y al Centro de Estudio de América, disuelto.

Sólo un debate abierto en el PC cubano y en todo el país sobre las perspectivas, la estrategia, las necesidades y las prioridades puede evitar que las tendencias burocrática y capitalista se desarrollen impulsadas por la policía de Trump. Quienes deben decidir el destino de la revolución son los trabajadores y el pueblo cubanos, no sus enemigos en Washington y Miami ni sus aprovechadores o los decididores paternalistas.

 

 

Cuba y Venezuela

Guillermo Almeyra /II y último

 

En Cuba, la situación económica mejoró. El producto interno bruto creció 1.6 por ciento, hubo un aumento de 49 por ciento en las muy bajas inversiones y otro de 26 en la sustitución de importaciones. Pero las exportaciones disminuyeron 16.3 por ciento y hubo que importar petróleo por 100 millones de dólares para compensar, en parte, la reducción de 40 por ciento de la ayuda petrolera venezolana (que por cuarto año consecutivo se atrasó).

El gobierno tuvo que firmar acuerdos con otros países petroleros, como Argelia, para tener una provisión adecuada del carburante y el aumento del precio del barril es malo para la isla y otros importadores, aunque bueno para Venezuela. Cuba también avanzó en la creación de instrumentos para la planificación, al interconectar tres importantes centros de datos, y realizó progresos significativos en el manejo de los suelos y huertos comunales.

Pero los problemas fundamentales siguen ahí: la fuerte dependencia del turismo –que es volátil y socialmente muy costoso–, la carencia de autonomía alimentaria y de viviendas e infraestructuras adecuadas ante la mayor fuerza de los huracanes, la necesidad de encontrar una fuente de divisas no tradicional y, sobre todo, la necesidad de resolver los graves problemas que crea un sistema monetario con dos divisas paralelas –el CUC y el peso– y otras derivadas.

En 2013 se resolvió unificar las dos monedas porque es imposible calcular el costo real de lo que se produce y por la gran desigualdad que introducen en la sociedad, con los consiguientes efectos políticos, además del caos en el pago de impuestos, el sistema bancario y el régimen de salarios. Pero las medidas que estudia una parte del establishment implicarían una devaluación, o sea, una caída brusca del ingreso de los más pobres.

También pesa mucho sobre la economía y la sociedad la falta de motivación y esperanzas de buena parte de la juventud que es fuertemente impactada por el consumismo que difunden tanto los turistas como Internet. Pero lo peor es la dependencia de un aliado –Venezuela– que pasa por una terrible crisis económica y contra el cual Washington prepara un golpe militar unido a sus siervos sudamericanos, especialmente el gobierno de Colombia, por cuya frontera podría invadir a los venezolanos.

En Venezuela, los tiempos políticos no coinciden con los tiempos económico-sociales. El presidente Nicolás Maduro logró dividir a la oposición de la Mesa de la Unidad Democrática con elecciones regionales (que una parte de ella desertó) y mediante el diálogo en la República Dominicana en el que el ala negociadora de la oposición participó para negarse después –con total incongruencia hasta para los mediadores– a firmar el acta de lo acordado. Maduro va así a las elecciones presidenciales del 22 de abril con mayores posibilidades de triunfo frente a tres (por ahora) candidatos opositores.

Precisamente, por eso Washington escaló varios puntos su agresión atacando la exportación petrolera venezolana, recurriendo al embargo y pasando de la fase de los golpes blancos , con fachada democrática o parlamentaria (como el que dio contra el presidente Manuel Zelaya de Honduras o el obispo Lugo en Paraguay o como el que defenestró a Dilma Rousseff en Brasil), a la preparación abierta de una guerra civil y una dictadura militar.

Porque eso es lo que se desprende de la gira de Rex Tillerson, secretario de Estado, por Argentina, Brasil y Colombia, así como de las declaraciones del embajador estadunidense en Bogotá sobre la necesidad de una solución democrática y rápida al caso venezolano y del llamado del mismo Tillerson a una solución militar en Venezuela.

Estados Unidos sabe bien que, incluso, si encontrase apoyo para un golpe de Estado en una parte de las Fuerzas Armadas Bolivarianas –que viven la dramática situación económica del país y cuyos oficiales pertenecen en gran cantidad a las clases medias o a la burguesía y sufren su influencia– va a tener que vencer la larga resistencia de un sector de los oficiales y soldados en una guerra civil prolongada por una guerra de guerrillas en Venezuela y en Colombia que podría contagiarse a Brasil.

Ahora bien, la fase de la preparación de la guerra contra China y Rusia exige a Estados Unidos –para asegurar su patio trasero– el retorno a las dictaduras directas o a las dictablandas a la Macri, con represión y leyes fascistoides de seguridad interior. Con una inflación venezolana de 1000 por ciento anual que destroza los salarios y las pensiones y otros ingresos fijos, así como la carencia grave de alimentos y medicinas, el gobierno de Maduro pende hoy de un hilo que Washington quiere cortar brutalmente porque sabe que Venezuela no tendrá apoyo, salvo de algunos gobiernos sudamericanos débiles y que China y Rusia se limitarán a protestar.

Más que nunca, en Cuba y Venezuela, la carta de salvación es la participación plena de los trabajadores, su información directa sobre todos los problemas que se enfrentan, su capacidad de organizarse, razonar, decidir, y su preparación para lo que podría venir, porque si cayese Venezuela bajo una dictadura proimperialista, Cuba sería el blanco inmediato de un intento de invasión sostenido por Washington.

En Cuba no son los directores de las empresas los que deben tener mayor poder: son los trabajadores, reunidos en asambleas, eligiendo y formando consejos obreros y distritales para defender la independencia nacional.

No se puede pensar en la devaluación para salvar la macroeconomía a costa del nivel de vida, de por sí ya bajo: hay que acabar con los privilegios, despilfarros, desvíos de fondos y la frondosidad de la burocracia.

En Venezuela, la boliburguesía prepara el camino a los agentes del imperialismo: es necesario el famoso golpe de timón, organizándolo desde abajo, sin esperarlo de Nicolás Maduro ni de Diosdado Cabello.

almeyraguillermo@gmail.com

Fuente: http://www.jornada.unam.mx


 
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